¿Os he contado alguna
vez lo mucho que me gusta el silencio? Hay muchos refranes, dichos,
citas sobre las virtudes del silencio. Casi todos ciertos, casi todos
llenos de palabras bonitas. Y es que parece que muchos son capaces de
hablar bonito sobre el silencio, pero pocos saben callar bonito sobre
las palabras. A veces nos cuesta callar. No soportamos el silencio y
hablamos, hablamos sin decir nada, solo por llenar ese vacío que
deja el silencio en el ambiente. Pero no, lo que deja el silencio no
es vacío, es paz, tranquilidad, pensamientos. Porque, si no se tiene
nada que decir, es mejor callar, o hablar con los ojos.
En una ciudad como Madrid
el silencio es difícil pero no imposible. Cada uno puede encontrar
sus rincones de paz, sus refugios, sus huidas. Yo he encontrado los
míos en el Starbucks más escondido de la ciudad, en mi trocito de
El Retiro, en mis largos paseos en los que solo suena la música que
yo quiero, en el sofá de mi casa. El sofá de mi casa es mi punto
silencioso favorito, y es difícil que se encuentre en silencio. ¿Por
qué el sofá y no la cama? No lo sé. El caso es que disfruto mucho
más de una lectura o de una película en silencio en el sofá.
El silencio en mi sofá
te permite reconocer todos los pequeños ruidos cotidianos y que no
te molesten: el grifo que gotea (eternamente), los obreros picando
justo debajo de tu ventana, los pájaros cantando, porque sí, en
Madrid los pájaros también cantan aunque casi nadie los oiga.
Todos esos ruidos se
entremezclan con las páginas de un libro, el que sea, y no molestan,
no enturbian la lectura, tampoco la enriquecen, para qué mentir,
pero están ahí, forman parte del paisaje urbano que tanto adoro.
Porque yo no encuentro contradicción entre una ciudad grande y la
paz del silencio. A mi, subirme a un rascacielos y escuchar el ruido
de la ciudad, de fondo, con todas sus luces que parecen hablarnos un
idioma misterioso me da paz interior. Muy distinto a perderte por los
Picos de Europa, sí, pero paz al fin y al cabo.
Tenemos que aprender a
valorar los silencios en los desayunos, en las películas, en los
paseos, en las noches de verano en el balcón...porque si no sabemos
escuchar bien un silencio, terminaremos por quedarnos sordos.