lunes, 30 de julio de 2012


¿Os he contado alguna vez lo mucho que me gusta el silencio? Hay muchos refranes, dichos, citas sobre las virtudes del silencio. Casi todos ciertos, casi todos llenos de palabras bonitas. Y es que parece que muchos son capaces de hablar bonito sobre el silencio, pero pocos saben callar bonito sobre las palabras. A veces nos cuesta callar. No soportamos el silencio y hablamos, hablamos sin decir nada, solo por llenar ese vacío que deja el silencio en el ambiente. Pero no, lo que deja el silencio no es vacío, es paz, tranquilidad, pensamientos. Porque, si no se tiene nada que decir, es mejor callar, o hablar con los ojos.
En una ciudad como Madrid el silencio es difícil pero no imposible. Cada uno puede encontrar sus rincones de paz, sus refugios, sus huidas. Yo he encontrado los míos en el Starbucks más escondido de la ciudad, en mi trocito de El Retiro, en mis largos paseos en los que solo suena la música que yo quiero, en el sofá de mi casa. El sofá de mi casa es mi punto silencioso favorito, y es difícil que se encuentre en silencio. ¿Por qué el sofá y no la cama? No lo sé. El caso es que disfruto mucho más de una lectura o de una película en silencio en el sofá.
El silencio en mi sofá te permite reconocer todos los pequeños ruidos cotidianos y que no te molesten: el grifo que gotea (eternamente), los obreros picando justo debajo de tu ventana, los pájaros cantando, porque sí, en Madrid los pájaros también cantan aunque casi nadie los oiga.
Todos esos ruidos se entremezclan con las páginas de un libro, el que sea, y no molestan, no enturbian la lectura, tampoco la enriquecen, para qué mentir, pero están ahí, forman parte del paisaje urbano que tanto adoro. Porque yo no encuentro contradicción entre una ciudad grande y la paz del silencio. A mi, subirme a un rascacielos y escuchar el ruido de la ciudad, de fondo, con todas sus luces que parecen hablarnos un idioma misterioso me da paz interior. Muy distinto a perderte por los Picos de Europa, sí, pero paz al fin y al cabo.
Tenemos que aprender a valorar los silencios en los desayunos, en las películas, en los paseos, en las noches de verano en el balcón...porque si no sabemos escuchar bien un silencio, terminaremos por quedarnos sordos.

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