jueves, 17 de octubre de 2013

No es fácil ser un seriéfilo cool. Hay varias etapas en la vida de un seréfilo para alcanzar un nivel de coolitud adecuado y, si no lo haces correctamente, puedes convertirte en un seriéfilo vulgar y eso, chavales, es peor que ser relegado a la portería en los partidillos de patio de colegio.
Lo primero que hay que tener es infinita paciencia porque para llegar a ser un seriéfilo respetado hay que tragarse las series más lentas de la historia. Si no llevas el gen de nacimiento puede convertirse en una auténtica tortura. También es importante, una vez has conseguido ver y analizar todas las temporadas de esas series, defenderlas ante cualquier crítico que surja en tu familia, oficina o círculo de amigos. “¿Qué en Mad Men no pasa nada? ¿Cómo te atreves?”. Es cierto que para el “público medio” (entiéndase el concepto sin llegar a insultarme, por favor) Mad Men puede resultar lenta y carente de acción.
Voy a hacer un inciso sobre el concepto “público medio” antes de que yo misma me parezca la persona mas pedante de la tierra: allá por cuarto de carrera mi profesor de realización nos reveló una verdad absoluta, probablemente lo más importante que aprendí en cinco años de comunicación audiovisual: nosotros (estudiantes, profesores y personal relacionado con la comunicación) no vemos los discursos audiovisuales (series, películas o cualquier programa) de la misma manera que lo ve el resto de la gente. Eso es cierto, mal que le pese a mucha gente y por muy pretencioso que parezca. Es verdad que ahora mismo hay muchísima gente que ha desarrollado una educación audiovisual a base de ver muchos productos pero cuando hablo de “público medio” me refiero al resto, a los que ven la televisión y punto y, como mucho, van al cine o se ponen un dvd de vez en cuando. Vemos cosas que otros no ven, entendemos el discurso de una manera distinta y, por tanto, necesitamos de productos distintos que consigan sacarnos de la rutina. No es una virtud ni muchísimo menos; de hecho mi jefa lo llama “estar contaminado”. Dice que estamos contaminados por el trabajo que hacemos y que por eso nuestros ojos ven la televisión de una manera distinta al resto de los telespectadores. Yo lo llamo condena a veces, porque no me resulta nada fácil callarme cuando veo algo que me choca y frases como “ese no debería ser el asesino porque nos estarían dando pistas falsas y eso haría al espectador sentirse engañado con el discurso” no es la frase que un espectador medio quiere escuchar en el sofá de su casa. Al parecer la gente, el “público medio”, ve la televisión para entretenerse y no pensar durante un rato. Lo que yo os diga, una auténtica condena.
Por eso, creo, hay tanta gente que no aprecia Mad Men. Bueno, ni Mad Men ni Breaking Bad, The Wire, A dos metros bajo tierra o Los Soprano. No las aprecian pero tienen que hablar bien de ellas porque es imposible mantener una conversación seriéfila con alguien y confesar que no te gusta Los Soprano. ¿Dónde te deja eso? Está de moda encumbrar Breaking Bad casi al mismo nivel que maldecir el final de Perdidos. Y, ¿qué queréis que os diga? Creo que nos gusta Breaking Bad por encima de nuestras posibilidades. La mayor virtud de esa serie es haber conseguido que la siga viendo a pesar de que no me caiga bien ningún personaje. No es que no me identifique con ninguno, es que les deseo una muerte lenta y dolorosa a cada uno de ellos y, a pesar de eso, sigo con los ojos como platos su evolución. Pero, reconozcamos una cosa: si lo pensamos fríamente no es para tanto. Claro que si lo pensamos fríamente quizás ninguna lo sea. Esa colección de personajes disfuncionales, que no llegan a ningún lado, con los que no empatizas en ningún momento. Claro, que hay gente que piensa que Walter White es un genio, un héroe, un crack...igual el problema lo tengo solo yo.
Cuando te conviertes en un seriéfilo respetado tienes la posibilidad de sufrir una involución y que no pase nada. Me explico: una persona corriente confiesa que está enganchado a, digamos, Pretty little liars y la reacción normal de su interlocutor sería de rechazo. Pero si eres un seriéfilo respetado ver religiosamente una serie cutre para adolescentes es estar de vuelta de todo y reírte de los que la ven en serio, aunque a veces es muy difícil distinguir a unos de otros; todo es cuestión de actitud, al parecer.
El caso es que, como he dicho, la gente normal (vamos a llamarles ya normal a ellos que es en realidad lo que son) ve la televisión para relajarse o entretenerse. Programas del corazón, realities, talent show y demás productos copan las parrillas de televisión; esos programas que a mi me dan la sensación de estar perdiendo tiempo al verlos. Puede que el problema sea que yo no se relajarme ni entretenerme delante de una pantalla. Los días que una no está para series cool, se pone una sitcom (sitcom cool al poder ser) o una serie de esas adolescentes o series light que yo las llamo, que son las que me sirven de relleno cuando mi cerebro no se encuentra en condiciones de discernir los problemas de personalidad de Don Draper.

Así que ya sabéis: introducid en vuestras conversaciones frases como: “es que es tan mala que hay que verla” o “ya no se hacen series como (serie cool)” y empezaréis a ser respetados. O no.