Hay quien dice que las personas valen más por lo que callan que por lo que hablan. Si eso es cierto, Mad Men vale millones. La cuarta temporada termina con un silencio largo, tenso y maravilloso. Y ya está: ni palabras ni música, porque a veces no hace falta decir las cosas.
Mad Men es el término que se atribuyeron a si mismos los ejecutivos publicitarios neoyorquinos que trabajaban en Madison Avenue y este es el telón de fondo para un millón de historias contadas de manera magistral. La serie no llama la atención por su temática, o al menos no es la principal razón por la que ha enganchado millones de espectadores ni por la que ha recibido infinidad de premios en los últimos años. Y es que, esta creación, tiene la virtud de haber juntado en 42 minutos por episodio unas historias bien contadas, unos personajes coherentes y una puesta en escena, una ambientación que no deja al espectador parpadear.
Negocios, alcohol, humo, mucho humo, sexo adúltero, lucky strike, machismo y gente muy bien vestida es lo que se ve, capítulo tras capítulo, en esta obra maestra. Y si le preguntan a un espectador que pasa en el capítulo tal de la temporada cual probablemente no pueda decírselo porque Mad Men engancha por otras cosas.
Con Don Draper a la cabeza refleja la sociedad americana de los años 50 y 60. Es un personaje querido y odiado a partes iguales. Un hombre de éxito, un triunfador en los negocios y en su vida personal (al menos al principio). Casado con una mujer enviada por todas y deseada por todos y amante de todas las mujeres que se le ponen por delante. Todas le conocen, pero ninguna puede resistirse: ahí radica el encanto de Don Draper, algo que, con el paso de los años, ni siquiera en esta época podríamos evitar caer en la tentación. Y a su lado en la oficina una colección de hombres del mismo perfil, pero con la mitad de encanto. Cada uno en su papel: niños ricos y trepas que quieren llegar a estrellas, consolidados hombres de negocios que hace años que no dan un palo al agua, idealistas que sueñan con cambiar el mundo, jóvenes que empiezan a ganar dinero y disfrutan de la vida de soltero...todo un abanico de personajes masculinos con un denominador común: el tabaco, el alcohol y el sexo.
Las mujeres de la serie no se quedan atrás. Viven a la sombra de los hombres en todo momento, en los negocios y en la vida personal, pero eso no les quita poder real. Joan es el claro ejemplo de esto. Es la coordinadora de las secretarias, pero, en realidad, es la que maneja y conoce todos los asuntos de la oficina. Controla todas las situaciones laborales y personales. Le gusta sentirse deseada, tanto sexualmente por los hombres, como por sus compañeras a las que trata en muchas ocasiones como hermanas pequeñas. Joan es la perfección hecha personaje: fachada dura pero blanda por dentro como todos los demás, con sus errores y sus tentaciones. Peggy es el concepto de “mujer moderna” que vemos en la serie: aunque de inicio tenga aspecto de mojigata, enseguida nos damos cuenta que su aspiración en la oficina no es convertirse en secretaria ni acostarse con su jefe: es el comienzo de las mujeres de negocios, con iniciativa, estudios, talento e independencia de los hombres, también en el terreno sentimental
Y todos estos personajes rodeados de una ambientación perfecta: fotografía cuidada con una luz que recuerda a las películas de cine negro en ocasiones, con planos largos, música de vinilo integrada exactamente en los momentos necesarios y silencios eternos cuando la situación lo requiere. Movimientos de cámara en ocasiones y cámara fija en otras, cuando lo que se necesita es que se muevan los personajes representando una coreografía perfecta.
En definitiva, que si unes calidad técnica y creativa muy mala suerte tienes que tener para no alcanzar el éxito y Mad Men lo tiene todo.
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